sábado, 31 de julio de 2010

Oda a mi vieja cédula

¡Llegó el día! Hoy es 30 de julio de 2010. A partir de mañana no podré volver a usar mi cedulita, la blanca (porque aún luce blanca), la que me permitió votar, la que me asignó un número que jamás olvido, ni olvidaré; la cifra que hizo legalmente ciudadana; mi guarismo en la historia del país; el que me aprendí de a dos, una muestra más de lo mala que soy con las matemáticas, por eso nunca digo: Cincuenta y dos millones...bla, bla, bla.

Mi cédulita, ahora pasaras tal vez a algún album familiar.

La que saqué en compañía de mi amigo del alma de la adolescencia Dieguito Ramírez, con quien nos fuimos a la misma Registraduría de Teusaquillo, hace 20 años, a sacarla en el mismo lugar, el mismo día, dizque para quedarnos con un número seguido de por vida. ¡Divina inocencia civil!, no sabíamos que a las mujeres les correspondía una serie y a los hombres otra. Pero bueno, tuvimos la intención. Espero que él todavía recuerde esto.

Sabía que el día iba a llegar esta semana (no hay que ser un sabio para descubrirlo... jejeje), por eso la usé más que de costumbre, como un homenaje a este noble y nunca bien ponderado papel blanco, laminado, escrito en máquina Olivetti o Remintong, de diseño sencillo, básico, sin muchas pretensiones, con una borrosa huella dactilar como símbolo de seguridad y una hermosa fotografía en blanco y negro donde luzco un espectacular y muy bien elaborado Copete Alf. Esa era yo a los 18 añitos, cuando me volví adulta.

Recuerdo como si fuera ayer cuánto fregué /molesté en búsqueda de la imagen perfecta, la que me inmortalizaría. La que generaría comentarios de mis hijos o sobrinos en el futuro, sobre mi peinado y facciones de juventud. En esa época ya había ingresado a la Universidad y tenía que tramitarla. Tanto mi Mamá como mi tía Carmenza me recomendaron tener una muy buena foto porque: “Mijita, con eso cuando tenga 40, aunque la moda haya cambiado, se seguirá viendo bien” y que razón que tenían, como la mayoría de las veces.

Me tomé varias y con distintas pintas. La primera, buscando ahorrarme unos pesos, la hice en un laboratorio de mala muerte en un edificio de la calle 17 con 6, en el centro de Bogotá, recuerdo que llevaba un buzo morado de botones, regalo de mi tía Toñita. Cada paso en esa escalera de madera me hacía sentir que ascendía a una película de terror. ¡Fue fatal! Y como lo barato sale caro, en este caso, se cumplió a rajatabla.

Tomada de Internet
Centro de Bogotá, hace muchos años.

Para la segunda, quise tener un look más hippie, ojo, hippie no Hippie-Chic, pero no lo logré y una vez más, se perdió la platica. Fue entonces, cuando tuve que dejar todo en manos de verdaderos profesionales, ir a la fija y me decidí pagar un poco más pero salir de la urgencia cuanto antes. Y fui donde un viejo conocido de los papás, de los cachacos ancestrales, Estudio Fotográfico Preciado (Carrera 13 No. 23-90 Bogotá- Tels:334 82 53), en la calle 18 con carrera 8. Creo que ese estudio ya no existe, ¡lástima! Porque hacían milagros.

Me fui con una camisa prestada, de mi tía Carmenza, era de seda negra con florecillas de colores y cuello verde. El cuello camisero era más que necesario, ya que aunque no estaba gorda, nunca he tenido cuello, entonces había que hacer parecer que si lo tenía. En ese entonces, aun quedaban rezagos de una permanente (¡lo confieso!, yo también caí en esas garras del cabello ensortijado de manera artificial), y como corona, el más significativo, representativo y característico peinado de las últimas dos décadas: El Copete Alf. El que no dejaría dudas, con el que gritaría: Yo viví mi adolescencia a finales de los 80’s y comienzos de los 90’s.

Y así quedé. Con mi Copete bien equilibrado, unas cejas aún pobladas pero muy bien definidas (¿quién carajos me recomendó depilarlas, ah?), un lookcito serio, perenne si se quiere, un rostro ovalado (la figura geométrica perfecta), la curvatura de los labios bien marcada y la barbilla distante del cuello. ¡Sí!, todo tiempo pasado fue mejor.

Y así se lo hice saber esta noche al cajero de la Panamericana, cuando le pagué; el miércoles a la señorita del counter de Avianca, cuando me pidió la cédula, y ayer al portero del edificio donde tuve que dejar un documento: “Estas son las últimas veces en las que voy a usar mi vieja cédula blanca, ¿cierto que me veo bonita?, el look estará desactualizado, pero bonita me veo” y cada uno de ellos, con una sonrisa en la cara, no tuvo otro remedio más que mirar y volver a mirar, y luego, verme ahí al frente, con un millón de kilos de más, con una cara que pasó de ovalada a redonda y un cuello.. ¿cuello?, ¡pero si no tiene cuello!, ¡plop! La dura realidad.

A partir de mañana, tendré que usar la nueva cédula, la inquebrantable, la de la seguridad digital, la de los hologramas, la del color indefinido, la de la firma adulta, la que tengo hace casi dos años guardada, pero que desde entonces me niego a usar, porque la foto no tuvo la producción tan cuidada de la primera, porque me veo como una delincuente, parece una foto de esas que les toman a los capturados… ¡Qué horror!

Por supuesto que la voy a cambiar, pero sigo esperando a que pase todo este revolcón del cambio de cédulas para poder hacerlo. Sé que esto no es más que otro capricho resultado de mi vanidad, pero también de la falta de estética de la persona de la Registraduría que se no se dignó tomarme otra.

¡Chao vieja cedulita! Gracias por todo lo que me permitiste, desde votar, hasta ingresar a bares, comprar trago y cigarrillos sin problema, entrar a películas con contenido XXX o viajar sin autorización escrita de mis padres. Voy a extrañar tu sencillez hasta para sacar una fotocopia; espero que con la nueva cédula, la del código de barras, también se puedan seguir abriendo puertas.